Es tan buena que debe ser un hombre

El título de este texto proviene de un correo electrónico que mi amiga Alejandra Cabrera me escribió, indignada por la forma como los medios de comunicación han tratado el caso de Caster Semenya. Las dudas sobre su sexo surgieron debido a su supuesta apariencia masculina y a su alto rendimiento en la carrera de atletismo, corrió los 800 metros en 1:55,45. Inmediatamente después de que obtuvo la medalla de Oro en el Mundial de Berlín 2009, una de las tantas instituciones internacionales que funciona como policía del sexo reaccionó: la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo, la presionó para que se hiciera los exámenes para determinar su sexo y así, comenzó la carrera para escudriñar en su vida.
María José Patiño sabe muy bien como se siente Semenya, la Federación Española de Atletismo le quitó en 1986 la licencia para competir como resultado de los informes elaborados por la Fundación Jiménez Díaz, de Madrid, y la universidad de Hyogd, Japón, que señalaban que la atleta presentaba cromosomas xy. Hasta ese momento, nadie había puesto en duda que Patiño era una mujer, de hecho, nada en su apariencia o comportamiento indicaba lo contrario. Los policías del sexo, sustentados en pruebas biológicas, ya habían descubierto la verdad: Patiño no era una mujer.
Le sugirieron, para evitarle humillaciones extras, que fingiera una lesión y se retirara. María Patiño se rehusó y su situación fue difundida a los medios de comunicación internacionales por la Federación Española de Atletismo, quienes hicieron su agosto exponiendo y destruyendo su vida. De un día para el otro, le quitaron los títulos obtenidos, le quitaron la beca, le prohibieron competir y, por supuesto, su novio salió corriendo sin pensarlo dos veces.
María no se quedó con los brazos cruzados, decidió demandar a la Federación Española de Atletismo y cuestionar la decisión del Comité Olímpico Internacional. Como resultado de sus acciones, Patiño volvió al equipo olímpico español en 1992, siendo la primera mujer que se atrevió a desafiar los exámenes de verificación de sexo para las atletas.
Anne Fausto-Sterling –quien comenta su caso en el libro Sexing the Body- se pregunta ¿Desde cuándo el Comité Olímpico Internacional está tan preocupado en hacer exámenes de verificación de sexo? De hecho, esta no es una práctica nueva, hasta el año 2000 había sido una práctica que había formado parte de la política del comité, que se puede datar desde el mismo instante que permitieron entrar a las mujeres a las olimpiadas.
La verdad es que esta política sexual es parte del largo historial de misoginia y sexismo inherente al Comité Olímpico Internacional, institución que desde sus inicios prohibió que las mujeres participaran en las olimpiadas, porque no encajaba con su rol de seres pasivos y frágiles. Nada más contundente que las palabras dichas en 1912 por el fundador de las olimpiadas modernas, Pierre de Coubertin: “Los deportes de mujeres están en contra de la naturaleza”.
En la década de los treinta del siglo XX, Mildred “Babe” Didrikson, una de las atletas más importantes del siglo, alcanzó nuevas marcas en el salto de altura y el lanzamiento de jabalinas. Como era de esperarse, los reporteros empezaron a hacer mención de su apariencia masculina, decían que su cara era agresiva, llena de pelos y tenía una personalidad dominante. Didikson al final cedió, terminó usando vestidos, se casó y se dedicó a jugar golf.
En la década de los ochenta, la tenista Martina Navratilova, quien sólo perdió seis juegos en dos años, despertó observaciones similares sobre su apariencia masculina, junto con comentarios de que era muy buena para estar en el tour de mujeres. Para colmo de males, en la persona de Navratilova parecían converger todos los peligros sociales y la validación de todos los estereotipos: la lesbiana masculina. Las organizaciones y agentes de tenis se han encargado de corregir este error y ahora vemos tenistas femeninas, que hasta parecen modelos.
El fantasma de la masculinidad siempre ha flotado sobre la cabeza de las mujeres que se atreven a dedicarse al deporte, en general, y al atletismo, en particular. Por eso, los exámenes han sido siempre practicados para verificar el sexo de las mujeres, no al revés. Los hombres están en su terreno, la duda no cae sobre ellos. En el terreno del atletismo, las mujeres están siempre moviéndose sobre arena movediza. Las atletas tienen un físico que no se ajusta a los ideales de belleza femenina, son mujeres que se salen del rol asignado por la sociedad, tienen un cuerpo musculoso y tienen la capacidad de competir con un alto rendimiento. Por eso, siempre serán objeto de sospechas, se les comparará con los hombres y hasta se insinuará que se parecen a un hombre.
La política de comprobar el sexo de las atletas se manifestó con intensidad en el período de la Guerra Fría, específicamente en las Olimpiadas de 1968. El Comité Olímpico Internacional instituyó este tipo de exámenes como respuesta a los rumores de que algunas deportistas provenientes del campo socialista eran en realidad hombres se hacían pasar por mujeres para ganar medallas de oro para sus países y, por ende, hacer propaganda al comunismo. Irónicamente, tal como dice Fausto-Sterling, el único caso conocido de un hombre infiltrándose como mujer en una competencia olímpica fue el del joven nazi, Hermann Ratjen, quien en 1936 compitió en salto alto como Dora. Esta trampa no le valió de nada porque fue derrotado por otras mujeres.
Las organizaciones feministas habían logrado que estos tipos de controles fueran desechados en los Juegos Olímpicos de Sydney en el año 2000, cuando convencieron a este tipo de organizaciones que el sexo de una persona no estaba determinado por la biología. De hecho, las feministas, desde la década de los setenta (incluso antes, Simone de Beauvoir), han venido produciendo una gran cantidad de textos teóricos donde han argumentado que el sexo de una persona no está determinado por su configuración anatómica, hormonal o cromosómica, sino que es fundamentalmente una construcción social. Además, las feministas y los teóricos queer, a partir de la década de los noventa, han venido cuestionando al sistema binario del sexo.
Aunque el Comité Olímpico Internacional ya no práctica los exámenes para determinar el sexo de las atletas, la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo los sigue realizando en el caso de que exista alguna sospecha. Con el caso de Semenya se está retrocediendo significativamente en los pequeños avances obtenidos no sólo en desechar la política de certificación del sexo, sino en los cuestionamientos a la existencia de dos sexos. Es indudable que Semenya reúne todas las cualidades y características para desestabilizar al régimen sexual dominante: una negra sudafricana, proveniente de una aldea pobre que, además, no cumple los parámetros de feminidad y que, para colmo de males, logra niveles de competencia sólo dignos de los hombres en un campo donde las mujeres siempre han sido tratadas como invitadas de segunda categoría.
El ensañamiento contra Semenya no se debe sólo a su incipiente bigote, ni a su voz, ni a su contextura musculosa. En la fotografía de arriba podemos ver a varias atletas junto con Semenya y cualquiera de ellas podría despertar, por su apariencia, las dudas de los abundantes y eficientes policías del sexo. ¿Ya los policías dictaminaron que los senos son muy pequeños?, ¿que no tiene casi tejido adiposo?, ¿tiene el clítoris muy grande?, ¿midieron ya el tono de su voz?, ¿midieron su cráneo?, ¿le hicieron el test de inteligencia?
En realidad, no importan los resultados de los exámenes a las que ha sido sometida Semenya, ya el mal está hecho. Ya el patriarcado la juzgó y la condenó. Los primeros en destruirla y humillarla fueron –como siempre- los medios de comunicación, quienes ni siquiera trataron de disimular su desprecio y burla hacia Semenya. Un ejemplo de este periodismo ruin es el artículo escrito por Óscar Fornet para el periódico El Mundo y titulado “Ganó ella o él?”, título que nos prepara para el tipo de texto que vamos a leer. Fornet dicta sentencia en el primer párrafo: Semenya es rara (o sea, no se comporta como las demás mujeres) para ser mujer: “A la chica, o lo que sea, hay algo que le motiva más que el atletismo, el deporte que, de la noche a la mañana, le ha consagrado como una estrella mundial en los 800 metros cuando apenas ha alcanzado la mayoría de edad. Su afición más allá del tartán no es salir de compras o escuchar música, preferencias habituales entre las deportistas de su edad, acostumbradas a viajar, a conocer pronto la felicidad material. “A mí me encanta el wrestling. John Cena es mi luchador favorito”. El texto publicado en El País, pretende ser más serio y objetivo, pero el autor no puede evitar que se le escapen sus prejuicios, justo después de hablar de la intersexualidad, afirma: “Por eso, dicen en la federación internacional de atletismo (IAAF), es tan complicado el caso de Caster Semenya, de 18 años, la adolescente surafricana que parece un chico y corre como un hombre con toda la barba.”
Lo publicado en estos medios de comunicación sólo demuestra la multiplicidad de juicios naturalizados en nuestra sociedad. Muestra, lo que han señalado oportunamente las feministas, que todo lo relacionado a nuestras concepciones sobre el cuerpo, el sexo y la sexualidad despierta los prejuicios más arraigados y las posiciones más intolerantes, vivos productos de nuestro proceso de socialización.
El crimen de Semenya es no cumplir con los patrones dominantes de feminidad ni conformarse con su rol como mujer. Además, no responde al estereotipo de la mujer negra, que debe ser sensual, voluptuosa y llena de una sexualidad exuberante. El problema de Semenya es que no es una figura que despierta los deseos sexuales de los hombres, sino que más bien cuestiona la concepción binaria y las rígidas normas del actual sistema fundamentalista de sexo. No es un secreto para nadie que nuestras sociedades tienden a invisibilizar, a cuestionar o en el peor de los casos a castigar a aquellas personas cuyos cuerpos son sexualmente ambiguos, cuya apariencia y comportamiento entra en abierta contradicción con el sexo asignado socialmente o cuyo sexo no puede ser claramente registrado y calificado. Todo sexo que se exprese confusa o de manera ilegible es automáticamente transformado en una versión desmejorada, caricaturesca y distorsionada del modelo binario: hombre/masculino y la mujer/femenina. Por eso, los transgéneros e intersexuales producen incomodidad a todas y todos aquellos que no los pueden registrar dentro de las patrones de sexo aprobados.
La sombra de la duda ya ha sido inoculada, aunque se le permita a Semenya competir de nuevo, el cuestionamiento sobre su sexo estará siempre presente y los resultados de sus competencias serán interpretados no como producto de su esfuerzo y tesón, sino porque es un hombre. Con el caso de Semenya se nos pone a todas las mujeres en nuestro lugar, se vuelve a utilizar el argumento sexista –como era de esperar, sustentado en el discurso médico- de que si las mujeres destacamos en alguna área o disciplina es porque nos comportamos como hombres, queremos ser hombres o posiblemente somos hombres disfrazados de mujeres. Las mujeres no somos eficientes, no somos competentes, no somos fuertes, no somos independientes, no somos inteligentes, en fin, sólo somos útiles y dignas de mención si estamos detrás de un hombre.
¿Cómo se le ocurre a Semenya alcanzar esas marcas tan espectaculares en atletismo?, ¿no sabe cuál es su lugar? Siendo una negra sudafricana, lo debería saber. ¿Nadie le ha dicho todavía que en esta sociedad sólo pueden destacar los hombres blancos?
Afortunadamente, Semenya ha demostrado con creces ser una persona muy fuerte y, lo más importante, no está sola. La acompaña el pueblo sudafricano que la trata como una heroína, la escoltan las organizaciones feministas, la apoya la historia de luchas libradas por deportistas como María Patiño y el esfuerzo continuado de miles de mujeres, lesbianas, transgéneros, transexuales e intersexuales, quienes con su práctica política resquebrajan el régimen de sexo dominante.
Semenya: no te afeites el bigote, no alteres tu voz, no descuides tu musculatura, no dejes de ser buena atleta, no seas heterosexual, no entres en el sistema binario. Semenya: no te domestiques.
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